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Convivencia en el Toledo de musulmanes, judíos y cristianos: la parroquia de San Román

By 18/05/2020 No Comments

La convivencia entre culturas en el Toledo de musulmanes, judíos y cristianos, ¿era tan pacífica como pensamos? haciendo un repaso de su arquitectura y literatura intentamos responder a una cuestión que muchos de nosotros nos hemos preguntado.

La iglesia de San Román es en la novela el centro neurálgico de la trama. Es la casa de los que se esconden porque temen por su vida y el centro de la diana para sus perseguidores. Manuel de Oligues Pandueza es el cura de una variopinta parroquia que parece más una mezquita que a un templo cristiano. Desde su alminar, el cura puede divisar toda la ciudad, pues ese es el punto más alto de Toledo: treinta mil hormigas que cargan con sus problemas a la espalda, y un buen puñado de secretos.

Cuando me documentaba para escribir la novela, me surgió la misma pregunta que a todos los historiadores: ¿Fue Toledo en realidad un ejemplo de convivencia? La cuestión no es sencilla de responder. Si uno transita por sus calles y comprueba la variedad de edificios religiosos y la mezcla de arquitecturas puede llegar a una conclusión sencilla: sí que fue un ejemplo de convivencia. Pero cuando examina con cuidado las 7 Partidas de Alfonso X El Sabio, un texto jurídico basado en el derecho romano, cae en la cuenta de que Toledo fue un lugar en donde la intolerancia y la esclavitud eran norma. No obstante, esta última conclusión entra en conflicto cuando este tratado se compara con los que existían en el resto de los países europeos en el siglo XIII. La persecución a la que fueron sometidos judíos y musulmanes fue a todas luces inhumana. No solo los apartaron de la vida pública, sino que fueron acosados hasta la muerte.

Pinturas Iglesia de San RománEn este caso, la iglesia de San Román es un claro ejemplo —al menos, en el sentido arquitectónico— de la colaboración entre culturas. Cuando uno se asoma al interior de esta parroquia de origen mozárabe no hay nada que haga sospechar que se trata de una iglesia del rito romano. No es solo por sus columnas en herradura o sus ventanas geminadas, también por su alminar y, sobre todo, por la ausencia de cuadros con santos asaeteados, vírgenes de rostros dolientes o querubines soportando el peso de los altares. Como argumenta el arzobispo de Toledo, Sancho de Aragón, en la novela: «En esta extraña parroquia se respira la paz de un día de verano». Ayudan a ello los maravillosos murales mudéjares de tonos ambarinos y la acogedora techumbre amaderada. Estos elementos convierten la iglesia en un tragaluz gigante, que tiñe de atardecer cada rincón. No existe, desde luego, ninguna sensación de frío y oscuridad.

Vidriera de iglesia de San Román

Entonces, ¿fue Toledo la ciudad de la convivencia? En comparación al norte de la península y al resto de los países, me atrevería a decir que sí hubo una convivencia que se fraguó a través de la cultura, la admiración entre mandatarios y, sobre todo, gracias al trasvase de información en todos los ámbitos y materias, que enriquecieron la calidad de vida de los toledanos. Si comparásemos sus leyes con las del resto de países en la segunda mitad del siglo XIII, no dudaríamos en afirmar que la relación entre religiones y culturas fue mucho más sana y provechosa en Toledo.

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